¿Quién es  Ángel Sánchez Borges? ¿De qué va su Antiguo Autómata Mexicano? ¿Música de un lugar de nadie y de todos, de esto y de lo otro, de lo inmediato y de lo eterno? ¿Minimalismo / electrónica / experimental? ¿Cómo se conectan Microhate, Kraut Slut y Chez Nobody, sus placas discográficas? ¿De qué manera influye el oscuro ambiente de las ciudades neoyorquinas en las composiciones de este nativo de Monterrey? ¿Cómo pueden  un personaje de un filme de 1950 dirigido por Luis Buñuel o un inexistente club juvenil de una película ochentera inspirar su música producida (robóticamente) por máquinas? ¿Cómo logra comprimir capas con patrones de ritmo y ruido abrasivo hasta convertirlo en hermosas piezas de complejos ambientes abstractos? ¿Su música se asemeja más a una pasiva persecución futurista, o como sus influencias indican, a alguna reminiscencia perdida del pasado? ¿A qué suena su acto en vivo cuando se coloca detrás de su ordenador y se hace acompañar de Carlos Icaza (The Fancy Free) en la batería? ¿Por qué ha obtenido reconocimiento en otros países mientras que en su natal México sólo unos cuantos conocen de su existencia?

¿Por qué Antiguo Autómata Mexicano no es una interrogante sino una seductora propuesta de belleza apocalíptica emergida de el cansado ambiente sonoro que inunda los altavoces de esta “modernista” generación?

myspace.com/ammmusic

Se apropiaron de un espacio y lo usaron como quisieron. Dueños del intercambio y del arte como acto político (entendamos esta palabra de manera amplia y correcta) hicieron suyo el correo tradicional y de forma paralela lo adaptaron a sus intenciones.

Aquí y en territorios latinoamericanos los llaman “mail-artistas”. Tomando como soporte uno de los métodos más tradicionales del intercambio de mensajes más simplistas, aparecieron en los ruidosos 60.

Muchas técnicas y movimientos incluidos en un mismo canal de comunicación han hecho del arte postal una suerte de “red del arte”. ¿Una red social? no, una red donde la inserción personal era una pieza de suma importancia. Unicamente personal, sin crítica ni jurados.

El iniciador es Ray Johnson. En 1955 comenzó a enviar sus obras por correo a un listado de 200 direcciones de conocidos. A fines de la década de los 50 surgieron tendencias artísticas que se relacionaron como la “New York Correspondance School” en Estados Unidos y el grupo “Fluxus”.

La romántica idea de que el arte no es personal sino que debe hacerse circular está contenida en el espíritu del mail art. No paró en la mera distribución y trascendió al intercambio. “Envío una obra inconclusa, acabala o hazla llegar a alguien más para que la termine.” Todo por correo, es la condición.

La obra enviada por métodos sencillos sembró en Estados Unidos y Europa, pero su enseñanza ha generado los más asiduos seguidores en Argentina, Chile e incluso México. Las nuevas tecnologías se adaptaron (o pasó al contrario) pero el uso de las formas acostumbradas siguen siendo las predilectas.

Sellos, postales, collages, sobres, tarjetas… todo es repartido e intervenido. Por su atrevimiento se ganó el lugar en los museos. Ahora se cura y acomoda en galerías. Disculpen, pero el arte correo se hizo para viajar.

www.vorticeargentina.com.ar

Mail art sites

Ray Johnson’s Gallery

Murakami, mi amor

23/12/2009

El Sputnik es el primer satélite artificial soviético que fue lanzado al espacio  en la década
de los cincuenta, con la perra Laika a bordo.

“Sputnik” es una palabra rusa que, traducida al español, significa “Compañero de viaje”.

Cuánto te quiero, mi amor. Te quiero porque vas y vienes como si fueras un satélite ruso, yendo y viniendo casi sin proponértelo, programadamente boba, en silencio; y la verdad es que también te detesto por eso, mi Sputnik y a veces me gustaría no sentir tanto por ti, porque te acercas y te alejas pero nunca me tocas, ni me miras, ni me amas como yo y entonces eres como las llamadas que me haces siempre a las 3:00 de la madrugada, esa absurda cercanía lejana de hablar por teléfono.

Tal vez los satélites artificiales y no tanto las llamadas telefónicas, constituyen la alegoría que recubre el sentido profundo de Sputnik, mi amor (1999): la soledad involuntaria, lo que queda del terco deseo de una compañía no correspondida. Le sucede a K., que está enamorado de Sumire; le ocurre a Sumire, que está enamorada de Myû; le sucede a Myû, que no está enamorada de nadie pero quisiera estarlo, porque es insoportable que alguien sufra por nuestra culpa.

En la novela del escritor japonés Haruki Murakami, el narrador, K., es un joven maestro de primaria que relata la historia de su amiga Sumire, una chica excéntrica que anhela ser novelista pero que no puede escribir la primera novela. K. está enamorado de ella, pero Sumire se ha involucrado con Myû, una misteriosa mujer madura de una belleza increíble. Juntas viajan a una isla griega. Allí Sumire desaparece, pof, “como el humo”. Myû y K. la buscan. K. desea encontrarla. En verdad K. desea encontrarla; por favor, Sumire, en verdad K…

Como los satélites artificiales que viajan por distintas órbitas en torno a la Tierra, estos tres personajes a veces pasan muy cerca el uno del otro, pero jamás viajan juntos, jamás abandonan su trayecto egoísta –hablando en metáforas–. Por un instante están así de cercanos, así del abrazo, del beso, pero así como llegan, se van.

“A partir de aquel momento, y en su fuero interno, Sumire empezó a llamar a Myû «Sputnik, mi amor». Sumire amaba la resonancia de esa palabra. Le traía a la memoria la perra Laika. El satélite artificial atravesando en silencio la oscuridad del espacio. Las dos negras y brillantes pupilas de la perra atisbando por el pequeño ojo de buey. ¿Qué debía de mirar en aquella soledad infinita del cosmos?”, nos cuenta K.

Hay quienes piensan que Sputnik, mi amor es una novela romántica. Pero la existencia del romanticismo exige la exclusión del realismo, y salvo las desapariciones de personas sin aparente explicación, esta novela es meramente realista. Nada más natural que la soledad imborrable, la incomunicación, la pérdida –inexplicable, sí– de quien amamos, el amor no correspondido.

Y en el fondo de las hebras “mecanotejidas” de esta novela, Murakami nos ofrece la posibilidad de una nueva forma de buscar lo perdido y, con ello, una nueva forma de encontrarlo. Suele llamarse sugestión: aquello que imaginamos sin nuestro permiso, que nace de nuestro ingenuo deseo inconsciente.

¿Quién llama?… ¿Sumire?… ¿Eres tú, Sumire?… (interferencias).

Sam Flores

18/12/2009

Las calles de los Estados Unidos son sin duda pasajes de diversidad artística generadores de algunas de las propuestas más atractivas en todo el mundo. Mucho de su valor creativo deriva de la amalgama de culturas que fusionadas enriquecen e inspiran infinidad de creaciones.

Para Sam Flores, nacido en Nuevo México, toda esta diversidad le brinda la oportunidad para plasmar en su trabajo una gran cantidad de recursos que forman su propio universo. De recursos limitados en su niñez, Flores tuvo que aprender a utilizar la creatividad a su favor. Su primer acercamiento con el arte fue el grafitti, los muros se convirtieron en su lienzo y en su escape. Poco a poco se fue apropiando de un estilo que hasta hoy es reconocido más alla de las tierras de su país natal.

Fátima es el nombre de la recurrente figura femenina vista en más de una de sus pinturas, delgada de largos brazos y rostro de facciones duras, envueltas en vestimentas típicas, o bien, jovenes en trajes animales; esa es la singular estética del trabajo de Sam Flores, quien se ve inspirado día a día de los viajes que realiza para absorber los colores, los sonidos y los aromas de  los lugares que visita y que luego intenta plasmar en sus dibujos.

Actualmente instalado en California, en la costa oeste, en donde el arte urbano ha visto desarrollarse a una gran velocidad, al igual que su carrera, este artista ha visto su arte ser reconocido no solo en las paredes de las calles del barrio, su trabajo ha sido colocado en distintas galerías, en escaparates de jugueterías con figuras de colección, en las páginas de libros y en los estampados de algunas prendas. A pesar de que su trabajo le ha brindado el reconocimiento suficiente como para ser considerado uno de los artistas urbanos más importantes del momento, a él lo único que le preocupa es no agotar la inspiración para mantenerse en constante creación.

samflores.com

Sencillez, un irremediable uso de sustantivos contenidos en tres versos de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente más la filosofía oriental del “aquí ahora” se contienen en un haiku.

Confundirlo con simplicidad sería fácil pero en unas líneas a veces acompañadas de ilustraciones, el haiku logra amalgamar la evocación de un sentimiento, un suceso y una estación. Profundo, efervescente, eufórico o melancólico  puede con exactitud crear imagenes y sonidos que se diluyen con rapidez. Sin rodeos, habla de lo que sucede en este lugar en este momento.

Al poeta japonés Shiki se le debe la denominación con la que conocemos a estos pequeños poemas. Incluyó influencias occidentales y restó elementos religiosos que dominaron gran parte de las tendencias creativas para este modo de literatura en sus inicios.

A pesar de que los antecedentes del haiku se hallan desde el siglo XVIII o incluso antes, el género se extendió por Asia y otros continentes. El siglo XIX se vio favorecido por innumerables autores que escribieron poemas de tres versos en sus idiomas natales y especificidades de estilo para apartarse de la norma clásica.

Esta forma de expresión heredada de Japón e influida por el zen es una poesía sin rima, la apreciación de un acontecimiento o el relato instantáneo de él. Es también la forma más romántica de reflexionar. ¿Existirá ejercicio más difícil que decirlo todo en tan pocas palabras?

旅に病んで夢は枯野をかけめぐる

(Enfermo en el camino
mis sueños merodean
por páramos yermos.)

Matsuo Bashô

All day long
wearing a hat
that wasn’t on my head.

Jack Kerouac

Parmi ces débris, ramassez
Ce qui peut être encore utilisé.
Vous laisserez le reste.

Julien Vocance

– Passados amores? –
Animas-te, dizes
Não sei que terrores…

Camilo Pessanha

La vieja mano
sigue trazando versos
para el olvido.

Jorge Luis Borges

Este texto está vacío. Vacío de calificativos, carente de denominaciones.

Este espacio está lleno. Lleno de imágenes, luz y motivos.

Hay aquí unas líneas que hablan de los Sony World Photography Awards, uno de los eventos fotográficos más sobresalientes porque no sólo se trata de una marca apoyando el quehacer de artistas visuales, sino la reunión de fotografías profesionales o amateurs divididas en distintas categorías.

Lejos de hablar sobre una convocatoria, aquí hacemos referencia a la convergencia de un sistema de premios, un festival con sede en Cannes y una exposición a gran escala. Probablemente lo más importante es que estos premios son un tipo de competencia internacional donde personas de todo el mundo sin importar su nivel de profesionalización, envían y comparten sus imágenes que con un poco de técnica y suerte, les permitirán ser el “fotógrafo amateur del año”.

Desde cualquier computadora se pueden enviar imágenes que quepan en arquitectura, conceptual y construida, moda, paisaje, música, retratos, deportes y otras. La convocatoria 2010 aún se encuentra abierta.

El ganador va a Cannes con todos los gastos pagados. Recibe 5 mil (si es aficionado) o 25 mil dólares (en caso de ser profesional además de tener la oportunidad de asistir a talleres patrocinados por Sony.

No importa la cámara, no importa el individuo detrás del objetivo. El impacto de este suceso radica no en la disposición de una marca internacional para colaborar con los fotógrafos de todo el mundo, sino en la voluntad de ellos para capturar aún sin ser profesionales. Se trata de lo que hay frente a la lente y la inspiración para captarlo.

*Este post es una trampa. No es un texto, es foto.

www.worldphotographyawards.org

Los últimos días han visto a la escena musical alternativa voltear su atención hacia la música bailable,  la que requiere programaciones y loops, la que prefiere los sonidos sónicos,  la que hace a un lado los instrumentos convencionales y adquiere una atmósfera un tanto robótica. Algunas de las bandas más representativas de esta década han evolucionado hasta convertir su sonido ácido en un pop de fácil escucha. Un par de individuos detrás de una guitarra y una batería, nos hacen agradecer que aún hay algunos que creen en el poder generado por el estruendo de las cuerdas, los tambores y los platillos.

Los días estudiantiles siempre son el mejor pretexto para conjuntar el talento artístico. Esta vez, un científico y un antropólogo se han visto inspirados en los blancos paisajes de la fría ciudad de Vancouver y han decidido orientar su ira post-adolescente hacia algo más que quejas y reclamos juveniles. Con claras influencias del rock californiano,  Brian King y David Prowse dejan claro que no se necesita más que un par de individuos para crear una banda de rock capaz de de generar una gran ola de ruido e intensidad proyectada en unos cuantos acordes.

Su música no se asemeja nada a la creada por máquinas del lejano oriente como su nombre anuncia. De carácter rústico, lo que este dueto ha creado llama la atención por su simpleza. Acordes tocados velozmente sin mostrar gran virtuosidad, golpeteo frecuente de platillos y tambores a un ritmo un tanto torpe y letras demasiado sencillas son el sello distintivo de Japandroids.

¿Por qué  llama entonces la atención la música de una banda que al parecer cuenta con un talento poco desarrollado? Precisamente por eso. Cuando las bandas crean cada vez un sonido más complejo con arreglos sofisticados,  una gran cantidad de instrumentos, demasiadas capas y paisajes en canciones de apenas tres minutos,  el oído se satura. Es entonces necesario volver a lo primitivo, a lo básico.

Formados en el 2006, con un par de EPs editados por ellos mismos y  su primer disco de larga duración, Post-Nothing,  editado por una disquera independiente este año, los Japandroids dan una lección a aquellos que en la búsqueda de un sonido ostentoso se quedan a la mitad del camino. Toques de garage y punk para una época futurista/galáctica, lindo contraste.

We used to dream, now we worry about dying…

myspace.com/japandroids

(Rayuela es un juego de niños que consiste en sacar de varias divisiones trazadas en el suelo –numeradas del 1 al 10– un tejo al que se da con un pie, llevando el otro en el aire y cuidando de no pisar las rayas y de que el tejo no se detenga en ellas. El número 10 representa el cielo. Llegar al 10 es ya no estar aquí.)

 Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. 

Julio Cortázar

 A mediados del siglo pasado, apoyado en las barandas del puente de la rue de Seine en París, mirando hacia el río Sena, en la página 15 ó 16 de Rayuela, Horacio Oliveira articuló una pregunta que tal vez jamás sabremos si la dirigió hacia él mismo, hacia nosotros, ¿o hacia quién, merde?: “¿Encontraría a la Maga?”, preguntó.

Podemos pensar que la novela cuenta la historia de un amor azaroso entre Oliveira y la Maga sólo si estamos mínimamente convencidos de que tal cosa puede existir incluso en el mundo posible de la literatura: Oliveira y la Maga caminan por calles distintas de París sin la intención de encontrarse y, sin embargo, sin buscarse, se encuentran.

“Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas”, relata Oliveira.

Con Rayuela (1963), el escritor argentino Julio Cortázar pasó por la literatura igual que Charlie Parker lo hizo por la música: como una mano que da irreversiblemente la vuelta a una página; un remolino aniquilador que se lleva lo permanente, el paradigma inmovilizador.

Después de esta novela –lo dice también Vargas Llosa– la literatura sólo podía seguir por dos caminos, aunque siempre chocaba contra un muro de contención que, a su vez, evitaba su fuerte caída: la producción literaria que nacía con la estructura de la novela clásica de pronto pareció anticuada, terca y aquellos que se aventuraron a escribir como Cortázar, sin cortapisas, no eran más que la inútil continuación de algo que, desde el principio, desde Rayuela ya estaba terminado.

Esta obra es la representación de toda una filosofía de Cortázar: hacer literatura, como vivir la vida, como jugar la rayuela, divierte; escribir no requiere de doctorados en letras; la literatura se asfixia si se hace de ella un ritual sagrado, y sólo quien se atreve a profanarla se vuelve en realidad su libertador. La literatura cortazariana es un juego, pero un juego bien realizado.

De ahí nace el nombre de una novela en la que el jugador –o lector– puede elegir si lee Rayuela de forma lineal, convencional, o si quiere transitar por sus capítulos de un modo turbulento y al parecer también azaroso, a saltos. Porque, como lo explica su autor, se trata de una novela que es dos novelas a la vez (y quizá tres o dieciocho, mil).

Y quién sabe. Tal vez nosotros, igual que Oliveira, andamos por el mundo como si en el suelo hubiera dibujada una gran rayuela invisible: dejando todo al azar. Y al detenernos en una esquina a fumar un cigarrillo o al dar vuelta en una calle por donde no solemos pasar al volver a casa, sin darnos cuenta estamos evitando la raya que separa al cinco del seis o al siete del ocho; qué importa cuál sea, si lo único que queremos al final del juego, de la vida, es poner rabiosamente los pies en el cielo del “10” y entrar en la delgada cintura de la Maga que nos mira y sonríe sin sorpresa, porque nuestro encuentro con ella no ha sido casual, tampoco planeado.