Murakami, mi amor

23/12/2009

El Sputnik es el primer satélite artificial soviético que fue lanzado al espacio  en la década
de los cincuenta, con la perra Laika a bordo.

“Sputnik” es una palabra rusa que, traducida al español, significa “Compañero de viaje”.

Cuánto te quiero, mi amor. Te quiero porque vas y vienes como si fueras un satélite ruso, yendo y viniendo casi sin proponértelo, programadamente boba, en silencio; y la verdad es que también te detesto por eso, mi Sputnik y a veces me gustaría no sentir tanto por ti, porque te acercas y te alejas pero nunca me tocas, ni me miras, ni me amas como yo y entonces eres como las llamadas que me haces siempre a las 3:00 de la madrugada, esa absurda cercanía lejana de hablar por teléfono.

Tal vez los satélites artificiales y no tanto las llamadas telefónicas, constituyen la alegoría que recubre el sentido profundo de Sputnik, mi amor (1999): la soledad involuntaria, lo que queda del terco deseo de una compañía no correspondida. Le sucede a K., que está enamorado de Sumire; le ocurre a Sumire, que está enamorada de Myû; le sucede a Myû, que no está enamorada de nadie pero quisiera estarlo, porque es insoportable que alguien sufra por nuestra culpa.

En la novela del escritor japonés Haruki Murakami, el narrador, K., es un joven maestro de primaria que relata la historia de su amiga Sumire, una chica excéntrica que anhela ser novelista pero que no puede escribir la primera novela. K. está enamorado de ella, pero Sumire se ha involucrado con Myû, una misteriosa mujer madura de una belleza increíble. Juntas viajan a una isla griega. Allí Sumire desaparece, pof, “como el humo”. Myû y K. la buscan. K. desea encontrarla. En verdad K. desea encontrarla; por favor, Sumire, en verdad K…

Como los satélites artificiales que viajan por distintas órbitas en torno a la Tierra, estos tres personajes a veces pasan muy cerca el uno del otro, pero jamás viajan juntos, jamás abandonan su trayecto egoísta –hablando en metáforas–. Por un instante están así de cercanos, así del abrazo, del beso, pero así como llegan, se van.

“A partir de aquel momento, y en su fuero interno, Sumire empezó a llamar a Myû «Sputnik, mi amor». Sumire amaba la resonancia de esa palabra. Le traía a la memoria la perra Laika. El satélite artificial atravesando en silencio la oscuridad del espacio. Las dos negras y brillantes pupilas de la perra atisbando por el pequeño ojo de buey. ¿Qué debía de mirar en aquella soledad infinita del cosmos?”, nos cuenta K.

Hay quienes piensan que Sputnik, mi amor es una novela romántica. Pero la existencia del romanticismo exige la exclusión del realismo, y salvo las desapariciones de personas sin aparente explicación, esta novela es meramente realista. Nada más natural que la soledad imborrable, la incomunicación, la pérdida –inexplicable, sí– de quien amamos, el amor no correspondido.

Y en el fondo de las hebras “mecanotejidas” de esta novela, Murakami nos ofrece la posibilidad de una nueva forma de buscar lo perdido y, con ello, una nueva forma de encontrarlo. Suele llamarse sugestión: aquello que imaginamos sin nuestro permiso, que nace de nuestro ingenuo deseo inconsciente.

¿Quién llama?… ¿Sumire?… ¿Eres tú, Sumire?… (interferencias).

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