Boris Vian sólo es un pretexto

20/11/2010

La humanidad es como los perros, no como los dioses

-mientras no estés loco, te morderán –

pero si estás loco, nunca serás mordido.

Los perros no respetan la humildad y el dolor.

Jack Kerouac, 1977

 

El 10 de marzo de 1920 nació, en Francia, un tipo que era muchos a la vez. Si lo buscas en google, es más probable que encuentres fotos donde se le puede ver tocando la trompeta en un concierto de jazz que el descargable de alguna de sus novelas.

Su alter ego Vernon Sullivan (un imaginario escritor negro de los suburbios norteamericanos) escribió algunos cuentos y novelas pero, atribuible sólo al talento de este ingeniero de profesión, hay un legado entero de letras de canciones y absurdas obras de teatro que sí se firman bajo su verdadero nombre.

Vian no figura entre los autores cuyos libros están en el anaquel de la tienda de variedades. No tendría por qué ser un escritor apreciado, si se trata de una de esas mentes que todo lo cuestionan y que ultrajan las buenas costumbres. Esos locos (frenéticos y tan hiperactivos) hacen los best sellers de la provocación. Boris Vian tiene diez obras largas escritas de su puño (y letra) sólo contando los textos publicados. Él tampoco aparece en los top’s de críticos musicales a pesar de que en los cuarenta participaba en un periódico (del famoso Camus) haciendo análisis y crónicas de jazz.

Personalidad múltiple y cantante de cabaret, era un bebedor junto a Charlie Parker y Sartre. Necesitaba de muchos nombres y caras para decir algo diferente cada vez. Vivió sólo 39 años y tal vez por eso inventó muchas vidas: sabía que iba a morir joven.

Sus obras son geniales mezclas de crudeza, violencia, vulgaridad y erotismo. El surrealismo traspasa las fronteras y todo lo sucio puede estar contenido en un bonche de páginas escritas por este artista.

No es de Boris Vian de lo que se habla cuando se toca el tema; él es sólo un pretexto para abordar sus otros Yo. Nunca hubo uno por encima de los demás: sucedía que era un creador nervioso, impaciente e imposible de calmar.

 

* * *

La espuma de los días (fragmento)

Bebe -dijo Colin.

Bebieron los dos. El resplandor quedaba adherido a sus labios. Colin volvió a encender las luces. Parecía dudar si quedarse de pie.

-Una vez al año no hace daño -dijo-. Creo que podríamos terminarnos la botella.

-¿Y si cortáramos la tarta? -dijo Chick.

Colin cogió un cuchillo de plata y se puso a trazar una espiral sobre la blancura pulida de la tarta. De repente, se detuvo y miró su obra con sorpresa.

Voy a probar una cosa -dijo.

Tomó una hoja de acebo del ramo de la mesa y, con una mano, asió la tarta. Haciéndola girar rápidamente sobre la punta del dedo, colocó, con la otra mano, una de las puntas del acebo en la espiral.

-¡Escucha!… -dijo.

Chick escuchó. Era la canción Chloé en la versión arreglada por Duke Ellington.

 


 

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