Sculpting in time

04/01/2011


El artista nunca es libre…

 


Andrei Tarkovsky es un conocido director cinematográfico pero, entre la herencia que legó, se hallan libros, varios guiones e incluso un trabajo de producción con el que llevó al radio la historia corta de Faulkner titulada Turnabout. Estudió música, pintura y escultura mucho antes de pensar en hacer cine.

Aunque siempre estuvo involucrado en los guiones de sus películas, siempre lo hizo como co-autor. En 1962 realizó su primer largometraje de manera profesional: Ivanovo detstvo (La infancia de Iván) y por un poco más de dos décadas continúo trabajando hasta encontrarse en 1968 con Offret (Sacrificio).

Mikhail Romm constituyó su principal influencia, pues fue quien le enseñó todo lo que se debía saber sobre cine. Aunque un aficionado hasta los huesos de las películas japonesas, entre sus directores favoritos se encontraban Luis Buñuel, Kenji Mizoguchi, Ingmar Bergman, Roberto Bresson, Akira Kurosawa, Michelangelo Antonioni y Jean Vigo.

En Tarkovsky hay temas metafísicos y tomas de belleza excepcional pero, si hay algo que caracteriza el cine de este ruso, es que cada filme constituye una experiencia de tiempo. La memoria y la niñez, más que concepciones, parecen símbolos en su narrativa visual. A veces, no estamos frente a un hilo conductor temporal, estamos en el presente lo mismo que en el pasado o todo puede ocurrir en 24 horas.

El más famoso director ruso (quizá después de Eisenstein) desarrolló una teoría cinematográfica a la que llamó “esculpir en el tiempo”. El cine es, en suma, la captura narrativa de un momento en la imagen cinematográfica.

Offret constituye su obra más acabada, el perfecto homenaje a su teoría. En ella, el tiempo es un estado y se funde con la memoria como las dos caras de una moneda. Hay una tendencia observable: la armonía sólo puede nacer del sacrificio. Los conflictos evidentes en sus películas anteriores se resuelven en esta última y agrega todos los simbolismos constantes de su filmografía: Alexander, el protagonista, se enfrenta ante la pérdida de espiritualidad que asola al mundo contemporáneo y la inminencia de un conflicto nuclear. Acaba por convencerse de que sólo un último sacrificio puede salvar a los hombres.

Tarkovsky filmó El Sacrificio cuando ya estaba enterando del cáncer que le quitó la vida en 1986 y quizá por eso, fue construida como un mensaje de esperanza, donde la dualidad entre el caos espiritual y la expiación es evidente en un tempo lento y alargados travellings.

 

“Tarkovsky para mí es el mejor director, el que inventó un nuevo lenguaje, fiel a la naturaleza del film, mientras que captura la vida como una reflexión, la vida como un sueño”

-Ingmar Bergman

 

 

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