“I’m a tidy person who plays in the dirt.”

 

Algunas personas no pueden concebir su vida artística en su misma piel, por eso precisan emerger en la identidad de un alguien ficticio. Ese es el caso de Thomas Meluch, conocido musicalmente como Benoît Pioulard.

Meluch comenzó a tocar el piano desde su primera década de vida, pero lo que atrajo fuertemente su atención fue el hacer grabaciones de la naturaleza durante horas, para luego sentarse a escuchar el material recolectado. Con el paso de los años comenzó a escribir música, optando por la guitarra como su instrumento predilecto y al folk como el género que provocaría su inspiración.

Su música es la combinación del afable sonido pop generado por su guitarra, sutiles capas de distorsión y/o sonidos ambientales y su tímida voz que se asoma nostálgica, formando una perfecta armonía. Su segunda pasión es la fotografía, misma que lo ha inspirado directamente en la realización de sus canciones, plasmadas como paisajes momentáneos que permanecen. Benoît Pioulard está firmado con el sello Kranky, con quien ha lanzado tres discos de larga duración, mismos que ha grabado personalmente en su casa con una pequeña mezcladora conectada a su computadora.

Este músico norteamericano se considera a si mismo como un perfeccionista durante la realización de su música, pero también considera importantes los “accidentes casuales” que deja en cualquiera de sus creaciones una huella del momento en que las hizo.

pioulard.com

 

Dos

04/02/2011

Una acción solamente puede ser trascendente cuando afecta todos los tiempos en los que interviene su existencia. Cuando deja una huella imborrable en el pasado, cuando se vuelve una parte entrañable de lo que se vive en el presente y cuando permite vislumbrar un halo de lo que se aproxima.

Las palabras aquí escritas buscan permanecer y mostrar aquello que fue, es y será. Aquello que en la búsqueda de expresión ha sido depositado por sus creadores y expuesto al mundo, y que debe ser señalado para que su destino no sea el abandono.

Dos años y contando.

 

Marginal.

Mi trabajo explora cuestiones de la interdependencia:

la figura con la tierra, el individuo con la cultura,

el cuerpo con la biología, la ilusión pictórica con materiales

 

Corey Corcoran ha logrado sintetizar el arte contemporáneo con lo primitivo a través de materiales diversos y atípicos, como los colores oxidados de los pigmentos que ha guardado por años. Todo su trabajo se construye a través de una variedad infinita de técnicas, materiales e influencias; está desde el arte popular hasta lo verdaderamente nativo. Sus obras cuentan con patrones y motivos, así como elementos figurativos y están llenas de colores cálidos que se complementan a menudo con textiles u otros elementos agregados a la superficie, convirtiéndole en amo del collage.

Es un coleccionista empedernido. Atesora discos extraños que encuentra en la basura, fotografías viejas de su familia y retratos de la ciudad donde nació. A través de la pintura y el dibujo descubre elementos adicionales que modifican el sentido de las imágenes. Todos sus elementos visuales persiguen un objetivo específico: a través del color, los patrones y la textura, alude a las fuerzas culturales y biológicas impregnados a la memoria del paso del tiempo, tal como sucede en sus viejos discos y fotografías.

Su consciencia estética de desenvuelve en un tipo de radiografía de los órganos vitales, vegetales y animales. Hay aquí una pizca de caos: los cuerpos parecen enfermos o a punto de ser destruidos por una extraña fuerza mortal. Las entrañas de estos organismos se derraman y su estilo nos muestra la la vida: no es sólo una cosa que pasa por su propia cuenta, es el efecto de un proceso extremadamente largo y complicado de la reproducción, la generación, renovación, residuos y decadencia. En sus cuadros está el sentimiento de enfermedad, de parecerse a un gigante con mal funcionamiento. Están la carne y las vísceras, plantas y cuerpos.

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M/M (Paris)

25/01/2011

Mathias Augustyniak y Michael Amzalag se conocieron, como muchas de las duplas de creadores, mientras realizaban sus estudios superiores. Al terminar la escuela, ninguno de ellos estaba interesado en trabajar para una gran compañía de diseño. M/M se inició como un proyecto de dos que comenzaron haciendo portadas para discos y pronto se extendieron al arte y la moda.

Colaboraciones en dirección de arte para Björk, Benjamin Biolay y Mew se encuentran en su portafolio. Vertidos hacia la fotografía, muchos de los trabajos M/M se condensan en la técnica del handpainting, donde expresivos diseños son agregados después de la impresión de un cartel o una fotografía convirtiéndose en una mezcla de técnicas, colores y tendencias.

El diseño de M/M es explosivo y aunque se han dedicado casi por completo a la moda, tienen un acercamiento distinto al diseño que el que poseen muchos estudios que sirven a la escena. Los M’s son conocidos diseños donde a menudo el dibujo se integra a la fotografía. El alfabeto (2001) y El Alphamen (2003), fueron dos proyectos basados en la creación de la tipografía de los retratos de modelos, son expertos en carteles que se desbordan de los marcos y no respetan el formato ortodoxo. Su trabajo aparece en las colecciones públicas de la Biblioteca Nacional de Francia, en el Design Museum y el Tate de Londres, el Museum of Contemporary Art de Miami y el Stedelijk Museum en Amsterdam.

La idea de superar los límites describe todo lo que hacen. Inicialmente fueron empleados por los diseñadores en el extremo radical del espectro, tales como Martine Sitbon y Yohji Yamamoto, pero más recientemente M/M han sido captados por los principales actores de la industria de la moda como Vogue y Calvin Klein. Sin embargo, la brecha que existe entre lo comercial y el diseño poco ortodoxo no ha desaparecido del todo para este par.  La corriente no los ha arrastrado a moderar sus planteamientos y a pesar de que adopten los estilos de las marcas de moda, nunca lo dejan solo así. Están jugando un juego constante donde sus diseños se superponen, uno encima de otro sin ceder ni una sola vez a la complacencia o al cliché.

 

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Ni la recesión económica de hace dos años ni el armamento nuclear que se dice esconde Norcorea son las grandes amenazas del sistema y estilo de vida norteamericanos.

Si todos los que hemos abrazado una parte de la cultura y el lifestyle gabacho leyéramos y releyéramos las dos obras de John Kennedy Toole, no tendríamos el mayor empacho en pesar que “el imperio” ha sido derrocado, al menos en nuestra conciencia.

Y es que ese imperio ha quedado finiquitado por sus propias contrariedades económicas y ridiculizado por su hipocresía y doble moral, o al menos esas son algunas de las agudas observaciones que nos regala el  escritor nacido en Nueva Orleans en 1937 y fallecido prematuramente en 1969.

Su par de magnánimas obras colocan a John Kennedy Toole como uno de los escritores más ingeniosos del siglo pasado, que recibió el reconocimiento que merecía demasiado tarde (incluido el Pulitzer de 1981) gracias a su soberbia A Confederacy of Dunces (La conjura de los necios).

Nos referimos a una obra revolucionaria, convulsiva, que contrae la narrativa de una forma cómica pero que en su análisis intertextual deben encontrarse un sinfín de referentes históricos, políticos, literarios, y filosóficos y que al mismo tiempo permite entender otros debates interdisciplinarios de la época.

El célebre protagonista de la obra, Ignatius Reilly, le acomoda una tunda al sistema norteamericano: un grotesco y bigotón obeso de 30 años, en antaño universitario, antisocial, con un pensamiento basado en la filosofía y teología medievales, de contradictorias percepciones sexuales, que despedaza la maquinaria del capitalismo junto con su inherente concepto de progreso a través de un ideario que escribe en decenas de cuadernos “Gran Jefe” y que espera algún día sea publicado.

Una mente brillante del supuesto oscurantismo medieval atrapada en la era de la (pos) modernidad… pero su estilo de vida resulta exageradamente más tipificado que el de cualquier otro norteamericano: sucio, mentiroso, hipocondríaco, egoísta, infantil, esperanzado a que su diosa Fortuna (la gran parodia del sistema) lo acobije mientras él mismo la desbarata desde adentro, en la paupérrima fábrica Levy-Pants o desde un carrito de salchichas.

Los personajes que rodean a Ignatius y los distintos escenarios que Toole dibuja, permiten darnos cuenta del denigrante estado en el que se encontraban los barrios y la sociedad sureña de los 50, con un repugnante trato contra los negros (cuyo epicentro está en el Noche de Alegría, aún cuando aquí también este el epicentro de los pasajes más chuscos), los obreros (aún siendo la propia autoridad, personificada en un tísico Mancuso), una forma de vida basada en apariencias (su madre, la Sra. Reilly), la doble moral que tanto ha caracterizado a los norteamericanos (Santa Battaglia), un infundado temor al comunismo propio de los primeros años de la guerra fría, y el menosprecio y la represión de las subculturas nacientes (Mirna Minkoff).

El entramado narrativo de La Conjura de los Necios es aderezado con cartas que escribe el protagonista y noticias de diarios que enriquecen el relato y que mantienen al lector, si bien con la garganta a punto de estallar a carcajadas, también con un dejo de suspenso cuya catarsis no cesa hasta el final, cuando el protagonista parece haber vencido, aunque sólo haya logrado escapar y adentrarse en un futuro incierto.

Ese mismo final de incertidumbre que tuvo Ignatius era el mismo que no quería padecer Toole, quitándose la vida en su propio coche; empero, el legado de su Conjura de los Necios estará siempre vigente y se respira hondamente cada vez que el sistema entra en crisis o al borde del colapso (gracias Wikileaks).

Sculpting in time

04/01/2011


El artista nunca es libre…

 


Andrei Tarkovsky es un conocido director cinematográfico pero, entre la herencia que legó, se hallan libros, varios guiones e incluso un trabajo de producción con el que llevó al radio la historia corta de Faulkner titulada Turnabout. Estudió música, pintura y escultura mucho antes de pensar en hacer cine.

Aunque siempre estuvo involucrado en los guiones de sus películas, siempre lo hizo como co-autor. En 1962 realizó su primer largometraje de manera profesional: Ivanovo detstvo (La infancia de Iván) y por un poco más de dos décadas continúo trabajando hasta encontrarse en 1968 con Offret (Sacrificio).

Mikhail Romm constituyó su principal influencia, pues fue quien le enseñó todo lo que se debía saber sobre cine. Aunque un aficionado hasta los huesos de las películas japonesas, entre sus directores favoritos se encontraban Luis Buñuel, Kenji Mizoguchi, Ingmar Bergman, Roberto Bresson, Akira Kurosawa, Michelangelo Antonioni y Jean Vigo.

En Tarkovsky hay temas metafísicos y tomas de belleza excepcional pero, si hay algo que caracteriza el cine de este ruso, es que cada filme constituye una experiencia de tiempo. La memoria y la niñez, más que concepciones, parecen símbolos en su narrativa visual. A veces, no estamos frente a un hilo conductor temporal, estamos en el presente lo mismo que en el pasado o todo puede ocurrir en 24 horas.

El más famoso director ruso (quizá después de Eisenstein) desarrolló una teoría cinematográfica a la que llamó “esculpir en el tiempo”. El cine es, en suma, la captura narrativa de un momento en la imagen cinematográfica.

Offret constituye su obra más acabada, el perfecto homenaje a su teoría. En ella, el tiempo es un estado y se funde con la memoria como las dos caras de una moneda. Hay una tendencia observable: la armonía sólo puede nacer del sacrificio. Los conflictos evidentes en sus películas anteriores se resuelven en esta última y agrega todos los simbolismos constantes de su filmografía: Alexander, el protagonista, se enfrenta ante la pérdida de espiritualidad que asola al mundo contemporáneo y la inminencia de un conflicto nuclear. Acaba por convencerse de que sólo un último sacrificio puede salvar a los hombres.

Tarkovsky filmó El Sacrificio cuando ya estaba enterando del cáncer que le quitó la vida en 1986 y quizá por eso, fue construida como un mensaje de esperanza, donde la dualidad entre el caos espiritual y la expiación es evidente en un tempo lento y alargados travellings.

 

“Tarkovsky para mí es el mejor director, el que inventó un nuevo lenguaje, fiel a la naturaleza del film, mientras que captura la vida como una reflexión, la vida como un sueño”

-Ingmar Bergman

 

 

Ben Sharp no necesita a nadie. No necesita de músicos que lo acompañen para tener un proyecto musical. No necesita una disquera que grabe y produzca sus discos. No necesita a un público que apruebe y compre su música. Ben Sharp no necesita a nadie.

En el 2005, un joven norteamericano comenzó a hacer música por su cuenta, llamó a su proyecto Cloudkicker. Decidió que escribiría canciones,  grabaría las guitarras y bajos en su ordenador, programaría la batería y luego distribuiría sus creaciones de manera gratuita por internet. Desde entonces ha editado por su cuenta un par de discos de larga duración y un par de EPs.

Su música ha sido catalogada dentro de muchas categorías del metal: matemático, progresivo, experimental, entre algunas otras. Sin embargo, cuando Sharp es preguntado sobre cómo califica él mismo su música, contesta con una palabra: audible. Pese a que los géneros en que se le suele encasillar son generalmente complicados, su música posee la facultad de ser mucho más ligera. El sonido de Cloudkicker tiene muchos toques de post-rock y melodías de fácil escucha que armonizan a la perfección con la estridencia, logrando en cada placa afinar cada vez más su estilo.

En sus prioridades aún no se encuentran el firmar con algún sello que pueda distribuir su música de manera masiva, tampoco salir de gira y presentarse en escenarios multitudinarios. Al ser el único poseedor real de su música, Cloudkicker se distingue como un digno representante de la verdadera independencia musical. Ben Sharp no necesita a nadie.

 

(para descargar su música, gratis)

cloudkicker.bandcamp.com

 

Here, wait a minute! Damn it!

 

…it’s just wide-open field.

Theo Jansen es un experto en física y cinética. Se ha interesado en la robótica pero, también en la pintura desde los años 70. En 1968 ingresó a la Universidad de Delft, en Holanda, y pronto pudo combinar sus dos habilidades: la construcción de máquinas y la pintura. En Delft, desarrolló una máquina para pintar (un artefacto que trazaba sobre la pared) hasta que la naturaleza, la competencia biológica y la evolución, comenzaron a llamar su atención.

“Una nueva naturaleza” fue construida a partir de estructuras que emulaban esqueletos de animales y se movían con la fuerza del viento de la playa sin necesitar motores. En sus trabajos colapsan los principios físicos del movimiento con el arte.

Las strandbeest, sus bestias de playa, son una nueva concepción del arte/objeto.  Jansen utiliza algoritmos muy complejos para crear sistemas con movimiento muy avanzados: estos algoritmos genéticos le dan la clave para diseñar simples pero resistentes estructuras.

Según los principios evolutivos, debe haber un objetivo para la adaptación. En las creaciones de Jansen, la condición es que sus construcciones sobrevivan en la playa sin ser destruidas por el viento. Así, estos animales nacen en una computadora sumergidos en un hábitat de vida artificial; compiten entre sí por ser el más veloz y entonces, las criaturas vencedoras y más fuertes, son construidas tridimensionalmente con tubos, hilos de nylon y cinta adhesiva.

Theo ha hecho cangrejos y muchos otros prototipos de animales marinos, con patas artiuculadas y movimientos increíbles. Desde hace quince años se ha dedicado a crear otra vida.