Gunaxii lii zica ranaxicabe

gubidxa ne nisaguiee.

Gunaxii lii zica ranaxicabe

diidxa cáyale gasi.

Cadi cuezu’ sti guiruti.

Girá ni zanda ganaxiú

ne chula’dxu’ guidxi layú di’

guirani gule neu ni.


Quiérete como se quiere al sol y a la lluvia.

Quiérete como se quiere a la poesía recién hecha.

No esperes de nadie.

Todo lo que puedes apreciar y querer de ésta tierra,

está dentro de ti.

-Natalia Toledo

 


La mujer que atiza el carbón de un anafre para calentar tlayudas, es la misma poeta de gesto bravo que puede observarse en fotografías de Blanca Charolet, sosteniendo un par de pescados con los brazos a la altura de las orejas, los pechos descubiertos, menuda y majestuosa diosa zapoteca. Natalia Toledo, la de ojos de terciopelo y rizos libres, la de voz altiva y fuerte, con un acento marcado que refleja los susurros y estridencias de su lengua natal, porque como ella declara: “Ya estoy impregnada de lo zapoteca, de mi abuela, de mi mamá…de todo lo que yo fui primero en la vida”.

Dice uno de sus versos “El Zapoteco siempre fue el único hombre de la casa”. Natalia vivió con su madre y su abuela en Juchitán, Oaxaca, hasta los ocho años, momento en que “decidieron  los adultos” y se mudó al Distrito Federal, con su abuela paterna. Pasó del calor de ensueños a una ciudad de concreto, de la libertad juchiteca al encierro citadino. “He tratado de no renunciar a todo eso y he tratado, para sobrevivir en esta ciudad, de escribir en zapoteco, hacer garnachas, tlayudas. No he renunciado a lo que realmente soy”.

Sin embargo, a lo largo de sus 43 años, ha pasado la mayor parte de su vida en la Ciudad de México. Es perceptible cierta nostalgia por su mundo primigenio, que evidencia el olvido de su otra realidad en sus poemas. Sus versos reflejan magia e iguanas calurosas que no dejan sitio a edificios, al metro, a masas de gente, a la ciudad.

¿Cómo se refleja el DF en tu obra?

No. Nulo. No se ve, no se refleja. Tú puedes leer toda mi obra y no hay  nada. [La artista responde tajante]

¿Por qué esta ausencia? ¿No lo sientes?

Pues no es algo que tú busques. Simplemente es como volverte poeta: tampoco es algo que yo haya decidido así, de que verdaderamente me senté bajo un tamarindo y decidí “voy a ser poeta mañana”. No, es como una cosa que nace de la necesidad de expresarme, de escucharme, de voltear a verme, de escuchar mis ruidos interiores. El DF está más, tal vez, como espacio en mí, en mi persona: es una afectación psicológica, eso de estar encerrada, de vivir de otra forma. Después de estar en los patios, en las casas que no tienen puertas o que dan a la casa de la vecina y esa casa también la puedes cruzar…esta cosa del límite la conocí hasta que llegue aquí.

Hija de Olga Paz y primogénita del artista plástico Francisco Toledo, Natalia ha estado rodeada de manifestaciones artísticas diversas. Elena Poniatowska la describió como “niña de hechizos”. De la mujer imponente y sus palabras, escribió: “La poesía de Natalia es suave como su mirada, redonda como sus hombros, demandante como sus labios, rizada como las olas que coronan su cabeza, desnuda como sus pezones oscuros. Natalia no anda en los imposibles de la poesía. Recorre el mundo cotidiano y lo asume, observa, siente, respira, suda.”

Creciste inmersa en el arte, ¿Por qué, precisamente, optar por la escritura y en específico por la poesía?

En la casa d mi papá había un señor pintando y en la casa d mi mamá un taller de bordado. Los oficios de mi mamá los aprendí, los heredé. Del lado de la pintura, pues no. Dibujo un poco, pero soy muy elemental. Y, ¡qué bueno que no me dediqué a la pintura! Si no, sería muy mediocre.

Ella puede moldear telas y metales, sabe enredar los colores en sus dedos y fabricar aretes, collares, huipiles, toda la indumentaria típica de las gordas serenas que, adornadas también de trenzas y sensualidad, habitan sus poemas. Sin embargo, al escucharla hablar con la cadencia del didxazá (zapoteco),al oírla arrullar las palabras y canturrearlas en sus labios mientras cocina mole, garnachas, tasajo y bebe sorbos de cerveza, es comprensible su predilección por las letras.

Actualmente se encuentra trabajando en historias sobre el circo. Además, acaba de terminar de escribir un libro para niños, sobre onomatopeyas que registró Juan de Córdova en el siglo XVI. “Utilicé estas onomatopeyas para crear haikús. Hice algunos en zapoteco y en español, obviamente. A mí me parece muy padre esta manera de hablar de los zapotecas que tenemos hasta la fecha, sin pronunciar palabra, únicamente sonidos, y hacer gestos y darle la intención con el cuerpo. Y me pareció que podría ser interesante o simpático para los niños, porque los niños son también muy de ruidos”

¿Qué tan importante son los gestos para la comprensión de esta lengua?

El cuerpo también habla. Los ojos, la connotación que le des a la parte sonora, a veces van acompañados de un gesto. Cuando lo lea el papá o el niño, va a poder hacerlo como él cree que sonaría una rana, una campana. O pensará cómo suenan en su propio idioma, en español: no es lo mismo cuando se cae un gordo que un flaco, o como grita el cochino. Hay unas onomatopeyas súper delicadas: hablan de la arena del tiempo, cuando cae la arena del reloj (Huéhuéhue), cómo camina el dolor en el cuerpo,(Lylilli, pé, pépé), cómo suena el corazón. Estas cosas, que son bellísimas, de mucha delicadeza, son las que registró Juan de Córdova. Ahí estaba parte del trabajo, yo lo único que hice fue ponerle un versito y ya. Lo va a ilustrar mi papá y seguramente buscaremos a quién le interese”

Al preguntar si ya tiene una editorial para este proyecto, la escritora responde con seguridad “No, pero vamos a ver. Ya hice dos libros con el Fondo de Cultura Económica y me gustó mucho”. Natalia habla de El conejo y el coyote (2008) y La muerte, pies ligeros (2005), sus publicaciones más recientes, cuentos ilustrados por Francisco Toledo en ediciones bilingües zapoteca-español.

La poeta de enaguas floreadas y aterciopeladas es testaruda en la difusión de sus versos, de su comida, de sus fragancias, de su Juchitán. “Y si me voy a Australia (que me fui hace poco a una estancia de un mes y medio, a trabajar con un artista aborigen), pues sigo con mi ruido. Como los caracoles, que llevan su propia casa en la espalda”.

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La juventud es un regalo único, un manojo de vitalidad y energía que tiene un costo muy elevado: alienación, represión, incertidumbre, discriminación… pero que ofrece, al fin y al cabo, el mejor estado ontológico del ser humano: una libertad sonorizada por buenos guitarrazos.

Todo esto evoca la historia de Karim Amir, el protagonista de El buda de los suburbios (The Buddha of Suburbia), novela del escritor británico-pakistaní Hanif Kureishi.

El buda de los suburbios es una obra sincera, que además de hacer que sus lectores regresen a recordar su conflictiva pubertad, sirve como un notable y visceral testimonio de la escena musical inglesa de los 60 y 70, vista desde el ángulo de un inglés que cree “ser inglés de pies a cabeza” pero cuyo color de piel lo delata (ante los xenófobos ojos de los demás ingleses, por supuesto).

La obra cuenta la historia de Karim, un chico que está en el umbral de la edad adulta, actor prometedor que ha vivido una trepidante pubertad, la cual empieza a rememorar con algunos pasajes que definieron su personalidad.

Hijo de padre pakistaní convertido al budismo y de una depresiva madre inglesa, Karim se desenvolverá en medio de un hostil clima de discriminación, fanatismo religioso, disfuncionalidad familiar y precoces aventuras sexuales, en plena efervescencia y choque de dos escenas musicales definitivas para la cultura popular inglesa: el hipismo y el punk.

El buda de los suburbios apesta a autobiográfico: muestra detalles, estancias, viajes, olores, sabores, encantos y desencantos del autor. De Londres a Nueva York, Kureishi critica los personajes de la alta y baja cultura, se esconde tras la alienación de Karim para explicar que, en Inglaterra, los hippies se hicieron punks sin saber que fueron hippies (neoyorkinos) los que sembraron las semillas del movimiento.

Atrevido debut literario de Kureishi, que denota crudeza y agresividad a la hora de hablar sobre caricias y cuerpos, que hace del erotismo un festín de lo cotidiano y, de la música, una evidencia de lo que la industria cultural impone como “la tendencia”: de repente, el amigo, hermanastro y affair de Karim, Charly, observa como un grupo de punketos destruyen un automóvil, en ese momento, decide dejar de ser hippie para abrazar el punk, movimiento que le permitirá convertirse en un famoso rockstar.

Kureishi entrelaza el relato de manera que cada pasaje resulta ampliamente debatible, con una crítica oculta que repudia los prejuicios de la sociedad inglesa. El buda de los suburbios se presenta, entonces, como una novela conmovedora, que ve en lo cotidiano el camino más sinuoso hacia la libertad.


Ni la recesión económica de hace dos años ni el armamento nuclear que se dice esconde Norcorea son las grandes amenazas del sistema y estilo de vida norteamericanos.

Si todos los que hemos abrazado una parte de la cultura y el lifestyle gabacho leyéramos y releyéramos las dos obras de John Kennedy Toole, no tendríamos el mayor empacho en pesar que “el imperio” ha sido derrocado, al menos en nuestra conciencia.

Y es que ese imperio ha quedado finiquitado por sus propias contrariedades económicas y ridiculizado por su hipocresía y doble moral, o al menos esas son algunas de las agudas observaciones que nos regala el  escritor nacido en Nueva Orleans en 1937 y fallecido prematuramente en 1969.

Su par de magnánimas obras colocan a John Kennedy Toole como uno de los escritores más ingeniosos del siglo pasado, que recibió el reconocimiento que merecía demasiado tarde (incluido el Pulitzer de 1981) gracias a su soberbia A Confederacy of Dunces (La conjura de los necios).

Nos referimos a una obra revolucionaria, convulsiva, que contrae la narrativa de una forma cómica pero que en su análisis intertextual deben encontrarse un sinfín de referentes históricos, políticos, literarios, y filosóficos y que al mismo tiempo permite entender otros debates interdisciplinarios de la época.

El célebre protagonista de la obra, Ignatius Reilly, le acomoda una tunda al sistema norteamericano: un grotesco y bigotón obeso de 30 años, en antaño universitario, antisocial, con un pensamiento basado en la filosofía y teología medievales, de contradictorias percepciones sexuales, que despedaza la maquinaria del capitalismo junto con su inherente concepto de progreso a través de un ideario que escribe en decenas de cuadernos “Gran Jefe” y que espera algún día sea publicado.

Una mente brillante del supuesto oscurantismo medieval atrapada en la era de la (pos) modernidad… pero su estilo de vida resulta exageradamente más tipificado que el de cualquier otro norteamericano: sucio, mentiroso, hipocondríaco, egoísta, infantil, esperanzado a que su diosa Fortuna (la gran parodia del sistema) lo acobije mientras él mismo la desbarata desde adentro, en la paupérrima fábrica Levy-Pants o desde un carrito de salchichas.

Los personajes que rodean a Ignatius y los distintos escenarios que Toole dibuja, permiten darnos cuenta del denigrante estado en el que se encontraban los barrios y la sociedad sureña de los 50, con un repugnante trato contra los negros (cuyo epicentro está en el Noche de Alegría, aún cuando aquí también este el epicentro de los pasajes más chuscos), los obreros (aún siendo la propia autoridad, personificada en un tísico Mancuso), una forma de vida basada en apariencias (su madre, la Sra. Reilly), la doble moral que tanto ha caracterizado a los norteamericanos (Santa Battaglia), un infundado temor al comunismo propio de los primeros años de la guerra fría, y el menosprecio y la represión de las subculturas nacientes (Mirna Minkoff).

El entramado narrativo de La Conjura de los Necios es aderezado con cartas que escribe el protagonista y noticias de diarios que enriquecen el relato y que mantienen al lector, si bien con la garganta a punto de estallar a carcajadas, también con un dejo de suspenso cuya catarsis no cesa hasta el final, cuando el protagonista parece haber vencido, aunque sólo haya logrado escapar y adentrarse en un futuro incierto.

Ese mismo final de incertidumbre que tuvo Ignatius era el mismo que no quería padecer Toole, quitándose la vida en su propio coche; empero, el legado de su Conjura de los Necios estará siempre vigente y se respira hondamente cada vez que el sistema entra en crisis o al borde del colapso (gracias Wikileaks).

 

“Toda sociedad tiene sus puntos débiles, sus llagas. Meted el dedo en la llaga y apretad bien fuerte.”

 

Michel Houellebecq es un francés experto en la descripción de la miseria afectiva. Decir que el fatídico hecho que le inspiró fue el de quedarse solo con su abuela a causa del abandono de su madre, sería despreciar su herencia literaria. Ha ganado los premios de los autores menos dulces: Schopenhauer y Tzará y tiene un ensayo sobre Lovecraft.

Su fama viene del rumor, del boca en boca pero, mucho más de los ataques de la prensa. Fue al principio un tipo de bajo perfil, que desenmarañó la decadencia humana en una obra mediana: Ampliación del campo de batalla, hasta que sus incisivas incorrecciones políticas le llevaron a ser el aclamado de los insurrectos.

En Houellebecq hay un estilo seco e incorrecto. Ha sido el cruel y cínico retrato de las circunstancias y seres contemporáneos. Eso, su “narrativa”, le mereció el reconocimiento (¿respeto?) entre los condenados. La prensa lo acusó y juzgó en el banquillo de la opinión pública:  misógino, islamofóbico, decadente y reaccionario fue el veredicto.

Plateforme, le convirtió definitivamente en estrella (de esos famosos que le encantan a la tele: los miserables). Sus personajes y narradores son seres sumidos en una existencia infeliz, pero que (sobre)viven en ella. De este francés se ha dicho “no sólo es un escritor que dice cosas asquerosas sino que además las dice asquerosamente”. Houellebecq lo sabe: el hastío sobrepasa la necesidad de amar, que resulta una complicación. ¿Cómo pedirle a un hombre que ame en una sociedad impura?

“La tradicional lucidez de los depresivos, descrita a menudo como un desinterés radical por las preocupaciones, se manifiesta ante todo como una falta de implicación en los asuntos que realmente son poco interesantes. De hecho, es posible imaginar a un depresivo enamorado, pero un depresivo patriota resulta inconcebible.”

El sarcasmo, caracterizado por su concepción descarnada de la humanidad, es su mejor amigo (ese que se vuelve imprescindible cuando se sabe que no hay remedio). Su descripción de la sociedad contemporánea es lo más fiel: hemos sido condenados a un mundo podrido, perdido para siempre.

“La alegría es una emoción intensa y profunda, un sentimiento exaltante de plenitud experimentado por toda la conciencia; se puede comparar con la embriaguez, con el arrebato, con el éxtasis.”

La humanidad es como los perros, no como los dioses

-mientras no estés loco, te morderán –

pero si estás loco, nunca serás mordido.

Los perros no respetan la humildad y el dolor.

Jack Kerouac, 1977

 

El 10 de marzo de 1920 nació, en Francia, un tipo que era muchos a la vez. Si lo buscas en google, es más probable que encuentres fotos donde se le puede ver tocando la trompeta en un concierto de jazz que el descargable de alguna de sus novelas.

Su alter ego Vernon Sullivan (un imaginario escritor negro de los suburbios norteamericanos) escribió algunos cuentos y novelas pero, atribuible sólo al talento de este ingeniero de profesión, hay un legado entero de letras de canciones y absurdas obras de teatro que sí se firman bajo su verdadero nombre.

Vian no figura entre los autores cuyos libros están en el anaquel de la tienda de variedades. No tendría por qué ser un escritor apreciado, si se trata de una de esas mentes que todo lo cuestionan y que ultrajan las buenas costumbres. Esos locos (frenéticos y tan hiperactivos) hacen los best sellers de la provocación. Boris Vian tiene diez obras largas escritas de su puño (y letra) sólo contando los textos publicados. Él tampoco aparece en los top’s de críticos musicales a pesar de que en los cuarenta participaba en un periódico (del famoso Camus) haciendo análisis y crónicas de jazz.

Personalidad múltiple y cantante de cabaret, era un bebedor junto a Charlie Parker y Sartre. Necesitaba de muchos nombres y caras para decir algo diferente cada vez. Vivió sólo 39 años y tal vez por eso inventó muchas vidas: sabía que iba a morir joven.

Sus obras son geniales mezclas de crudeza, violencia, vulgaridad y erotismo. El surrealismo traspasa las fronteras y todo lo sucio puede estar contenido en un bonche de páginas escritas por este artista.

No es de Boris Vian de lo que se habla cuando se toca el tema; él es sólo un pretexto para abordar sus otros Yo. Nunca hubo uno por encima de los demás: sucedía que era un creador nervioso, impaciente e imposible de calmar.

 

* * *

La espuma de los días (fragmento)

Bebe -dijo Colin.

Bebieron los dos. El resplandor quedaba adherido a sus labios. Colin volvió a encender las luces. Parecía dudar si quedarse de pie.

-Una vez al año no hace daño -dijo-. Creo que podríamos terminarnos la botella.

-¿Y si cortáramos la tarta? -dijo Chick.

Colin cogió un cuchillo de plata y se puso a trazar una espiral sobre la blancura pulida de la tarta. De repente, se detuvo y miró su obra con sorpresa.

Voy a probar una cosa -dijo.

Tomó una hoja de acebo del ramo de la mesa y, con una mano, asió la tarta. Haciéndola girar rápidamente sobre la punta del dedo, colocó, con la otra mano, una de las puntas del acebo en la espiral.

-¡Escucha!… -dijo.

Chick escuchó. Era la canción Chloé en la versión arreglada por Duke Ellington.

 


 

A veces, uno utiliza el sarcasmo, el cinismo, el humor, para disfrazar la tristeza, la soledad, la impotencia de no entender el por qué pasan las cosas. Todos lo hacemos. Hacerlo es economizar estos sentimientos de frustración y volverlos pensamientos oscuros, llenos de humor negro que a vista de otros e incluso de uno mismo pueden resultar graciosos y simplistas aunque esconden una frustración de algo no alcanzado o algo no entendible. Un intento de comprender; un intento de explicar.

Necrótopo es una compilación de poemas, pequeñas historias y aforismos que el autor mexicano Carlos Selmen nos relata, sacando a relucir una parte reflexiva acerca del amor, la vida, la muerte y todo lo que se encuentra en medio de éstas. Es un libro cínico pero veraz, uno con la capacidad de encapsular filosofía en bromas y etimologías en juegos de palabras.

Es difícil de explicar un libro como este, en general es el “entre broma y broma” de las situaciones amorosas, existenciales y heurísticas.  Es el acontecer y el pensamiento que surge de una situación conflictiva y la vuelve una situación quasi humorística.

Lleno de una realidad cruda que todos conocemos pero nadie quiere admitir, nos muestra en la forma económica de pensamientos cortos una gran mayoría de posturas filosóficas que incitan al lector a reflexionar.

Poemas llenos de erotismo y  de humor negro casi siempre inspirados por el amor y el desamor (entre ellos una larga lista de mujeres). Historias de amor literalmente a ciegas; un amor que prefiere acabar por que sabe que es la única manera de quedar perfecto por siempre. Una analogía tristemente verdadera para aquellos que buscan en el amor perfecto un rostro y una historia verídica y comprobable, una banalidad estos días.

La verdad de las cosas es que siempre resulta más accesible, tanto para el escritor como para el lector, para todos, clavarse en la simpleza del cinismo que en los entendimientos  éticos de la vida. Sin decir nada malo del asunto, resulta claro que los pensamientos concretos que tenemos, sean estos inquisitivos filosóficamente o simplemente pensamientos vagos, de esos que guardan un gran transfondo histórico personal y de los cuales la mayoría de la gente puede sentirse identificada; todos, merecen retratarse en las páginas de  un libro pues es en éste donde la gente reconocerá un sentimiento común.

Mi tristeza, mi confusión o mi curiosidad por la vida, la disfrazo de palabras sutiles, de pensamientos afóricos que relatan mi sentir en tan sólo una frase. Mi meta es tan sólo eso, sacar mis pensamientos, dejar que floten, reírme de ellos, dejar que sean entendidos ambiguamente de nuevo por mi o por alguien más. No es ser cínico al final, es ser sincero a medias.

¿Todo bien? Todo bien.

-Dime qué es ese género literario ocupando falsamente el lugar de otro. ¿Es ficción? ¿Es novela de ficción? ¿Es biografía de ficción?…

-No, es pseudoautobiografía.

-¿De quién hablamos?

-Del olvidado Marcel Schwob. El casi-simbolista, admirador de aquel Robert Louis Stevenson de “La isla del tesoro” y mentor literario de Borges. Este es el Schwob de las “Vidas imaginarias”, un escritor poco estimado, que ha soltado la rienda de su imaginación explotando un método narrativo nada atractivo para muchos. En ese “Vidas imaginarias”, ha escrito pequeños relatos todos bajo la condición pseudoautobiográfica.

-¿Cómo lo hace?

-Los personajes son reales, incluso lo pueden ser los escenarios. Se cuenta en tercera persona y las circunstancias son todas ficticias.

-Entonces, ¿da vida a pobres existencias con relatos fantásticos?… Inventa hechos que nunca pasaron, con personajes reales y los disfraza de verdad… ¿Está inventando biografías?

-Cierto. Ha tomado las vidas de poetas, asesinos, pintores y actores para inventarles una distinta. Empédocles, Crates, el Capitán Kid y el poeta Lucrecio están allí, en los relatos que juegan al cinismo: no son cuentos, pero tampoco son historias verdaderas. Schowb es un genio de las verdades a medias escritas en una combinación de mito con tragedia griega.

-Quizá la historia ha olvidado a Schowb por embustero. Pero…¿Qué es una vida sino la mezcla de realidad con ficción?

Vidas imaginarias

(fragmentos)

Crates

Crates opinaba que de ninguna manera el hombre es un caracol ni un crustáceo. Vivía entre la basura, completamente desnudo, recogiendo cortezas de pan, aceitunas podridas y espinas de pescado para llenar su alforja. Solía decir que su alforja era una ciudad amplia y opulenta donde no había parásitos ni cortesanas, y que producía para su rey cantidad suficiente de tomillo, ajo, higos y pan. Así Crates llevaba su patria a cuestas y se alimentaba de ella.

Petronio

Así Petronio vivió blandamente, pensando que hasta el aire que aspiraba había sido perfumado para su uso. Cuando hubo llegado a la adolescencia, luego de haber encerrado su primera barba en un cofre ornado, comenzó a mirar alrededor de él. Un esclavo cuyo nombre era Siro, que había servido en el circo, le enseñó cosas desconocidas. Petronio era pequeño, negro y bizqueaba de un ojo. No era de ningún modo de raza noble. Tenía manos de artesano y un espíritu culto. De ahí que le fuese placentero darles forma a las palabras e inscribirlas.

Hay cosas que pasan y uno no sabe cómo ni por qué.

  1. Leíste un libro y el final te pareció una burla predecible.
  2. Viste una película y, si hubieses sido el director, habría más escenas de sexo o violencia.
  3. Viste una serie televisiva y tú no habrías dejado vivo al protagonista.

Hay cosas que se mezclan y uno no sabe cómo ni por qué.

La narrativa (que es sencilla y complicadamente el arriesgado arte de escribir historias) se fundió por allí de la segunda mitad de la década de los 60 con la experimentación y las insanas mentes humanas.

En 1966 Star Trek se convertía no sólo en un show comercial, sino en un fenómeno de masas que sacaba de su letargo a seres hambrientos de ciencia ficción. Aquellos freaks no sólo se conformaron con imitar el atuendo del Sr. Spock…

Los fans se apropiaron de los personajes, de la historia del autor, del universo y los ambientes y los desmembraron en sus piezas más esenciales para recomponerlos. Crearon nuevas versiones, nuevas tramas y nuevos viajes a las estrellas. Aquellos efusivos seguidores habían engendrado el fanfiction.

El fancfic es un estilo (o género, la denominación es cuestión menor) que tiene como propósito hacer suyos a los personajes de un libro, un relato épico o una serie, para trasladarlos a un contexto novedoso donde la historia sea completamente diferente. Lo que el fan quiere es poner a los personajes en las situaciones en las que él querría verlos, incluso con protagonistas de otras series.

Las posibilidades son infinitas, desde los finales felices y totalmente románticos hasta el subgénero slash caracterizado por las relaciones homosexuales entre hombres. De lo que se trata es de contar nuevas historias y rehacer esas tramas y finales que ocurren sin que uno sepa por qué ocurren.

* * *

Star Trek: Redemption por Diego Eduardo Gualda

(Basada en “Les Miserables”, de Victor Hugo)

Episodio I. Val Shan (Fragmento)

Diecinueve años. Habían pasado diecinueve años. Y todo por una rebanada de pan. Pero Val Shan no estaba arrepentido. Su hermana y sus sobrinos pasaban hambre, más o menos como todos los bajoran durante la ocupación cardassiana y, cuando la única opción fue salir a robar para alimentar a los suyos, no lo dudó.

El episodio duró diecinueve segundos, o quizás menos. Arrojar una piedra contra la ventana, tomar el pan, correr y ser atrapado por tres fornidos oficiales del ejército de ocupación. Diecinueve segundos que, según la justicia cardassiana, se traducían en diecinueve años de condena a trabajos forzados; en diecinueve años de recibir las feroces golpizas del más despiadado de todos los carceleros de la Unión: Gul J’Vert.

¡Prisionero 24601! – bramó J’Vert

Mi nombre es Val Shan – respondió el reo con mala cara

Ud. no tiene nombre, 24601. Ud. es sólo escoria bajoran. Ud. no tiene derecho a un nombre. No tiene derecho a nada. Y, sin embargo, muy a mi pesar, la ley me obliga a dejarlo ir. Su condena está cumplida. Es Ud. un hombre libre, pero recuerde que según la ley cardassiana, su libertad es sólo condicional y tiene terminantemente prohibido abandonar el planeta Bajor, 24601…